En los anales de la astronomía, quedaría el 7 de marzo de 1970 como la fecha en que hubo un eclipse total de sol que también pudimos apreciar desde Colima. Los expertos de la época aseguraban que no volvería a haber otro eclipse, de magnitud comparable, sino hasta el 8 de abril del 2024, y para entonces, quién sabe si estaríamos presentes aún.
En esos días, mi infancia transcurría en los linderos de nuestra modesta casa, con habitaciones conectadas a un pasillo largo que daba -hasta el final- con un patio trasero. En este último, pasé buena parte de mi vida, escuchando el cloqueo de los pollos, gallos y gallinas que llenaban de alharaca las mañanas, a tal grado que eran el mejor despertador que uno podía tener al llegar el alba. Sin embargo, todo este festín de sonidos matutinos parecía apenas una música solemne, al lado de la ruidosa algarabía vespertina de los pájaros que, con sus trinos, silbidos y chirridos, llegaban a las copas de los árboles para descansar, una vez que caía la tarde.
Los árboles de entonces, en muchas casas del Colima que se fue, eran árboles de mango, guayabos, palmeras o ciruelos. De estos últimos frutos recuerdo haber comido tantos en la infancia, hasta dejar tan sólo el “hueso”, ese que era en realidad la semilla en forma ovoide y que en alguna ocasión me andaba llevando al otro mundo -atragantado-, cuando aún no sabía de las maniobras de Heimlich. Esa vez aprendí que debe uno cuidarse a sí mismo en la infancia y también concluí -esto, mucho tiempo después- que el tal Heimlich seguramente nada sabía de lo que era roer los “huesos” de un ciruelo.
Un cuastecomate antiguo le daba un toque tétrico a la parte central del patio. Desplegaba, con aire misterioso, escasas hojas que brotaban de un grueso tronco, con tonos pardos y marrón oscuro, que le daban un aspecto carente de vida. Así, mi patio era un juego extraño de contrastes: era la simbiosis del verde-vida alrededor y la muerte-gris al centro. Por eso, cuando el atardecer llegaba y los colores del día iban pardeando también, como el cuastecomate, iniciaba mi momento de elegante retirada. Me refugiaba en casa, para estar así muy lejos de toda alma que pudiera estar danzando alrededor del oscuro árbol. Era entonces cuando llegaban cientos de aves a los árboles frondosos de mi patio: zanates, torcacitas y ticuses, que se despedían de los rayos últimos del sol mientras yo entraba al resguardo de mi casa, sabiendo que mi afán de niño se había terminado. Porque “cada día tiene su afán”, me había dicho la abuela, seguramente recordando a San Mateo; y esa frase se quedó a vivir conmigo, aunque no la comprendí del todo, hasta bien llegada la madurez de mi existencia. Hoy sé que, en cada día, debemos fijarnos una meta, pues cada día tiene su afán.
Siendo un niño, nada me dijeron del eclipse que estaba por vivir. Sólo algunos pobladores informados advertían de la importancia de no mirar al cielo, para evitar dañar los ojos. Allá, por la Centenario -justo donde todavía destacan, con sus tonos de acuarela, las cúpulas de la iglesia de San José-, doña Mari sacaba conclusiones con las señoras del barrio, mientras hacía a mano sus tortillas y yo disfrutaba del olor de la leña y el calorcito del comal. Compartían una serie de consejos, sobre todo a las mujeres que “estaban esperando”: consejos que incluían mitos antiguos y sin fundamento, como dejar prendido un alfiler de seguridad, a la ropa interior. Creían, sin ser verdad, que eso evitaría que el bebé “se eclipsara”. Hoy pienso que esta cultura tan mexicana de asociar -erróneamente-, eventos de la mujer a fenómenos lunares, tuvo su origen tal vez en algunas coincidencias que ambos comparten. Más o menos veintiocho días duran los ciclos de una mujer, mientras que la luna tarda lo mismo en orbitar alrededor de este planeta. Pudo ser que, de cosas como esta, surgió el mito de que, si se eclipsa la luna, algo puede ocurrir también con lo ginecológico. Así, las malformaciones del desarrollo, en quienes estaban por nacer, fueron entendidas como consecuencia de haber sido “eclipsados”.
La mañana de aquel sábado, para cuando la luna se interpuso entre nosotros y el sol, este niño ya ni se acordaba del fenómeno, porque ¿qué sabe uno -a esta edad- de eclipses y eventos astronómicos, cuando apenas se empieza a tener concepto propio sobre atardeceres pardos y árboles oscuros? Así, aquella mañana, el eclipse me sorprendió en el patio con juguetes que mis padres habían comprado, en un tianguis del que llamábamos mercado “Pancho Villa”.
De pronto, la mañana comenzó a pintarse de un azul-atardecer y después se convirtió en crepúsculo. Me dio extrañeza el cambio repentino de la luz, dejando tonos de un espectro anaranjado que la hacían ver como una tarde rara, por lo oscura; parecía ocaso con destellos de penumbra, gris y rojo, que a los objetos delineaba. Me acerqué con inquietud, hasta la puerta de la casa, viendo al patio. Las aves comenzaron a llegar con sonidos que aturdían. Regresaban en parvada, hasta los árboles. Las gallinas aleteaban, alcanzando ramas bajas, para luego empujarse entre sí y acomodarse, dispuestas a dormir. Tapizando el suelo, debajo de los árboles, se extendió una alfombra interminable de semilunas luminosas. Provenían de los últimos rayos del sol que apenas pudieron colarse entre las hojas. El eclipse había llegado, y con él llegó también la oscuridad. Oscuridad parduzca. Gris y azul. Rara. El sol se redujo a una delgada corona luminosa, periférica, de vida, mientras su centro se tornó en fría oscuridad. Como mi patio. Muy pronto, las aves dejaron de cantar, acurrucándose entre sí. Y entonces vino el silencio de una noche que no era. Fue un momento mágico que no olvido.
Hasta el ambiente en el barrio se tornó en silencio, como si todos estuviésemos atentos, pendientes del deseado regreso de un sol que se había oscurecido. Pendientes, por las dudas. No fuera a ser que, en una de estas, el astro rey no regresara más, ya que no sería cualquier cosa que nos apagasen, para siempre, la luz de la única estrella que nos dio la vida en nuestro mundo. Nos quedamos quietos, todos, esperando para ver llegar la luz de nuevo. Lo mismo en casa, la familia; lo mismo doña Mari que dejó esperando a las tortillas; igual que la señora que esperaba a su bebé y lo mismo el sacerdote de aquella iglesia, cuyas cúpulas se habían convertido en silueta oscura.
En minutos, solamente, empezó el amanecer de nuevo. Después de aquel silencio compartido, la luz del sol nos inundó de nueva cuenta; y cobraron nuevamente vida las cosas cotidianas que habían quedado en pausa; y las gallinas y los pollos bajaron de los árboles; y los gallos del patio y de los otros patios de las casas del barrio, cantaron -otra vez- al nuevo día. Las aves emprendieron su vuelo una vez más, desde los árboles, buscando su alimento, para cumplir con el afán de ese, su día. Quizás, por un momento, se intrigaron por lo corta que había sido su jornada y lo fugaz de su descanso. Mas, el día estaba ahí otra vez, y ya era tiempo de volar de nuevo, para cumplir la meta diaria, porque -ustedes saben- cada día tiene su afán.
Como si hiciese una caricia reverente con el dorso de su mano, depositó de nuevo, doña Mari, la tortilla de maíz en su comal; la mujer joven volvió otra vez a acariciar su vientre, sujetando el alfiler ceñido entre su ropa; y este niño -el que les cuenta lo vivido- volvió a dar vida a sus juguetes, autos de polímero barato, surcando imaginarias carreteras de lodo y piedra entre los árboles del patio. La luna y el sol siguieron su camino, como habrán de hacerlo por mucho tiempo más, incluso cuando ya no estemos aquí. No nos dio por danzar alrededor de un obelisco, pero ganas no faltaron a más de alguno en la ciudad.
En unos pocos días -otra vez- luna y sol habrán de darnos su danza cósmica entre ambos; con eclipse nuevo que habremos de admirar, cuidando -como ayer- de nuestros ojos. Y otros seres, que también pertenecen al planeta, como lo fueron ayer mis queridos pollos y gallinas de la infancia, tendrán que hacer -sin duda- sus tareas más deprisa, porque ese día será un día muy corto para hacer su afán.