Nos parece que el tiempo corre lentamente, pero a veces, sin darnos cuenta, nos toma por sorpresa, inmersos en la carrera cotidiana de la vida, para -en un suspiro- dejarnos ver cuán largo es el camino que ya hemos recorrido. Como todo tiempo es apropiado para celebrar a nuestros padres, pido la generosidad de su paciencia al permitir la digresión de hablar del mío; lo hago porque fui educado, como muchos, por un padre que me enseñó cuán importante es la gratitud.
Hace mucho, mucho tiempo -comenzaban así los antiguos cuentos- mi padre eligió el noble oficio de la relojería para abrirse un camino por la vida. Así, al iniciar su juventud, aprendió el movimiento articulado de los engranes y las ruedas que daban vida acompasada a aquellas máquinas convertidas en testigos métricos del tiempo transcurrido. Aprendió la lógica que había en la transmisión del movimiento de una pieza a otra; a reparar ruedas dentadas y a ubicar el origen de sus fallas con mente matemática, hasta lograr la precisión del movimiento. Cuando ese joven entendió la relación que tiene el todo a partir de cada componente, se volvió el restaurador de los relojes que marcaron tiempo y época: desde aquellos pequeños, de pulsera, hasta los de pared que hoy adornan los pasillos de casas colimotas y relojes públicos, y también de iglesias.
De aquella cercanía cotidiana con máquinas que miden el tiempo se impregnó tempranamente mi lenguaje, con palabras poco conocidas por un niño, y que hoy me parecen el idioma críptico de un médico: áncoras, cuerdas, piñones, balancines, manecillas y coronas. Con su metódico trabajo, ese relojero pudo darnos un camino propio y la modestia de un hogar, toda la vida: tanto como le pudo permitir su oficio. Por ello crecimos así, sin cuna de seda, ni juguetes caros, pero siempre al cobijo inadvertido de su esfuerzo que -por décadas- nos permitió vivir bien, en la noble medianía.
Reparar relojes es un acto admirable de paciencia y sintonía de emociones. Se trabaja con piezas tan pequeñas, que unas tienen menos dimensiones que cualquiera de las letras que están aquí plasmadas. Manejar con pinzas cada engrane requiere paz interna, buen pulso y buena vista; y si una de estas piezas rueda por la mesa de trabajo y cae al suelo, bien ha de llevarse un par de horas encontrarle. No recuerdo alguna que no se hubiera hallado. Una de estas piezas, después de un buen tiempo de buscarle, pudimos encontrarla por su brillo dorado, bien oculta en la negra espesura de una de las cejas de mi padre.
Al terminar la tarde, a veces llegaba a casa con su valija de mano rebosante de relojes; algunos, desarmados, con hebillas de piel o de metal y sus cajas blancas o doradas. Eran relojes de todo tipo y toda marca que requerían refacción. Cuando así llegaba, ya sabía yo -pues los niños suelen percatarse de las cosas- que mi padre iría a otra ciudad para buscar las piezas que no había encontrado en aquel Colima que se fue.
Más de una vez le acompañamos a la Perla de Occidente a buscar las refacciones. Era un viaje cansado: seis horas de camino en auto propio, cuando sólo había dos carriles. Acudía al negocio de su amigo Rubén, allá por la calle Dr. Baeza Alzaga, en donde tenía refacciones nuevas, guardadas en cajones y gavetas de madera finamente laqueadas. Las piezas eran revisadas bajo luz intensa y con las elegantes lupas monoculares que todo relojero sabe montar delante de uno de sus ojos.
Las piezas más difíciles de hallar lo obligaban a acudir al entonces Distrito Federal, a refaccionarias que también vivieron su época dorada. Acudía mi padre a la H. Steele de México, a un lado del Hotel Regis. El edificio era imponente, con siete pisos de altura y un reloj que engalanaba su esquina, señalando su ubicación como si fuera un hito del tiempo. La habilidad que nuestro joven relojero había mostrado al reparar casos complejos, de marcas relojeras finas, llamó la atención de quien entonces dirigía la compañía. Era un señor maduro, con acento extranjero, que un día le llamó a su oficina para invitarle a capacitarse en Suiza. «Usted se va para allá, con gastos pagados» le dijo, un poco imperativo y con un español no muy bien pronunciado. Sólo ponía una condición: «A su regreso, se trae a su familia, renta una casa y se queda a trabajar aquí». Mi padre declinó la invitación, agradecido. Aunque le era atractiva la idea de incorporarse a los mejores relojeros del país, no aceptó -según me dice- porque ya venía yo en camino, al baile de la vida. Tal vez, le ocurrió lo mismo que a mí, cuando decliné una oportunidad de vida que me hubiera obligado a vivir allá. Tal vez padre e hijo lo hicimos por el arraigo que uno tiene por Colima. Sólo quien ha nacido en este lugar, o ha tenido el privilegio de vivir aquí, sabe que esta ciudad, con su vista a los volcanes, con sus árboles frutales y palmeras, es sin duda el mejor lugar que puede haber para vivir.
El caso es que, por decisión, mi padre hizo de Colima su lugar para ganarse la existencia: trabajaba en su banco de madera entre el discreto olor a gasolina blanca, y sostenía, entre los músculos de orbicular de ojo derecho y ceja, su brillante lupa ocular de relojero. Así, los valores que inculcó a los suyos fueron ejemplo callado. Nunca le escuché pronunciar malas palabras y fue siempre respetuoso de toda autoridad; cultivó, con discreción y hasta la fecha, sus buenas amistades; algunas de ellas, ya sea por sus largos años de trabajo o por su compartida afición dominical por el futbol.
Con el paso del tiempo, la época dorada de relojes de pulsera fue acabando. Casio comenzó por transformarlos en máquinas de plástico y lucecitas tristes, sin tic-tac. Después, el celular los atrapó en carcasas telefónicas de silicio y antimonio, dejando ahí -atrapados y sin gracia-, no sólo al mejor de los relojes sino también a lo mejor de las cámaras y equipos de sonido o los nuevos heraldos electrónicos del WhatsApp -a veces convertidos en celestinas del amor-. Hasta el mejor de los equipos de salud quedó atrapado en su interior para medir con precisión el latir del corazón. Para ver la hora ya no es preciso flexionar -con elegancia- el brazo izquierdo: sólo se lleva una mano hacia el bolsillo trasero del pantalón de mezclilla, y se alza nuestro equipo personal multipropósito.
La refaccionaria aquella de Guadalajara no se encuentra más, pues hoy es terreno baldío. El edificio de la H. Steele de México tampoco sigue ahí: fue derrumbado años después y se construyó, en su lugar, otro edificio dedicado al culto de la ciencia. La imagen de su enorme reloj, aquel que se mostraba en la esquina de Juárez y Balderas, es la clásica imagen que conocemos del reloj que detuvo su tiempo a las 7:19, entre el polvo, los escombros y las ruinas, de aquellos sismos del 85 que nos dejaron fracturado el corazón.
Finalmente, tras muchos años de estar en su esquina de las calles Morelos y De la Vega, mi padre cambió su sitio, y hoy está en un modesto local cercano al centro. Sigue ahí, trabajando para ganarse la vida como muchos padres lo hacen también; ha recorrido, con dignidad, más de sesenta años de camino como relojero. En ese tiempo, miles de máquinas han pasado por sus manos y las ha dejado con sus micas relucientes y manecillas alineadas, que marcan su tic-tac con precisión acompasada para regocijo de muchos nostálgicos que aún portan relojes de pulsera y que mantienen con vida el elegante rito de mirar y dar la hora; como si esta fuera una forma de atrapar al tiempo, ese tiempo que transcurre lentamente y que lo hace, a veces, sin que podamos darnos cuenta.