En la primera imagen que recuerdo de mi vida, estoy en la cuna de una habitación a media luz. Lloraba. La angustia de sentirme solo me apresaba. Las dimensiones del cunero aquel, me permitían rodar el cuerpo sin tocar los barrotes circundantes del sitio en que yacía. Percibía un calor que invadía mis mejillas. Al extender mis brazos, surgió entre las penumbras la silueta de mi padre, haciendo a un lado el velo blanco que pendía sobre la cuna. Alcancé a ver, tras de él, una curiosa ondulación del techo que tal vez era la prueba de algún error de construcción.
—No llores —me dijo en un susurro apenas perceptible, mientras tocaba mi rostro con su mano—. Tal vez percibió también el calor que yo emanaba, pues hizo un gesto repentino de tristeza. Lo juro. Cuando narro todo esto, a gente muy cercana, siempre dicen que fue un sueño, solamente; que son recuerdos construidos a partir de experiencias que viví en épocas más tardías de mi infancia.
El caso es que tengo la certeza de que este es el primer recuerdo que tengo de mi vida, pues la cuna blanca sí existió. La vi muchos años después. A partir de tal recuerdo, salta mi memoria de una a otra escena aislada de mi vida y vaga hasta los tiempos iniciales de mi infancia y pantalones cortos, montado en un auto de juguete, hecho de metal y pintado en gris, que familiares de mi padre regalaron a mis tíos -niños aún- en la mañana de la Navidad de 1972. Me treparon al juguete aquel, que impulsaba -feliz- a vuelta de pedales; la fría sensación de su volante entre mis manos aún sigue presente; así como el gozo al recorrer, de un lado a otro, el patio trasero -inmenso aquel-, de la primera casa en Maclovio Herrera.
Pero, en la infancia, la perspectiva le hace a uno ver las cosas más enormes de lo que son en realidad. Así, ves extensos los patios de las casas; son muy grandes las macetas con sus plantas y sus flores; y sientes, enormes, los brazos de la madre que te arrulla, y que para ti se convierten en un plácido lugar donde la felicidad nunca se acaba.
Después, cuando la vida te va haciendo crecer, vas dándote cuenta de que aquella enormidad supuesta de los patios, las macetas y los brazos de una madre, no eran tal: que se trataba de cosas que en realidad eran pequeñas, pero que en su momento fueron suficientemente grandes para hacer feliz tu propia infancia. Por eso, si regresas a la antigua casa que viviste en tus primeros años, siempre encontrarás las cosas más pequeñas, como si hubiesen encogido; y no podrás evitar el asombro, entonces, de ver cuán poco se requería para ser feliz.
Solo había visto conmovido a mi padre dos veces en su vida: la primera fue en aquel recuerdo inicial que describo y la segunda, hace unos años, al morir su hermano en plena juventud. Luego de eso, nunca más lo había visto así, hasta ahora que enfermó. Pero tal emoción no se debió a que estuviera sufriendo la enfermedad que le ha tenido en cama: esta la ha surcado con valentía tal, que estoy seguro saldrá avante. No. Lo que le ha conmovido especialmente fue el ver las muestras de afecto que, generosamente, ha tenido el personal del hospital para nosotros.
—¿Es su familiar? ¿En qué le ayudo? ¿Qué necesita? Sólo dígame… —me han dicho, mientras se sorprenden de encontrarme al lado de su cama—. Tal vez no me recuerde, pero usted fue mi maestro hace unos años.
—Mil novecientos ochenta y nueve —he respondido—. Estamos bien aquí. Le han atendido como se atiende en el mejor hospital en que pudiéramos haber estado.
Sonríen todos, orgullosos, cuando escuchan eso que les digo sinceramente. Al quedarnos solos por un momento, veo a mi padre con un dejo de tristeza. Como la tristeza de aquellas dos ocasiones de su vida.
Hice a un lado la cortina de hospital para tener privacidad. Velo blanco, no era. Toqué su rostro con mi mano, esperando encontrarme calor de más en sus mejillas. Nada. Le pregunté si estaba bien.
—Es que así debió haber sido, por siempre —me dice, con voz debilitada y apenas contenida su emoción—. Has sembrado; y después de eso, toda gratitud es siempre bienvenida.
Como todo padre, le ha conmovido más ver la gratitud que nos rodea que su propio reto de salud, que va venciendo.
•••
El patio trasero de la casa aquella, efectivamente, en realidad no era muy grande. Lo sé ahora, porque hace poco estuve nuevamente ahí: entré como si fuera un espía, pretendiendo comprar algún producto en esa casa, que fue tan mía ayer, hoy convertida en tienda de abarrotes. Con un atisbo de mirada, a través de una ventana confirmé las pequeñas dimensiones de aquel patio. Por lo demás, era el mismo patio que algún día recorrí, en un auto de juguete que, si bien no era para mí, me hizo muy feliz esa mañana de Navidad.
La curiosa ondulación del techo sigue ahí. El niño de la cuna, no.